jueves, 15 de octubre de 2015

El mejor de los atajos


Su sonrisa era bálsamo,
y al observarla la inhalaba
y cauterizaba todas 
las heridas de mi alma.

Algo tenía aquella mujer.
Era quien abrigada mis noches
de vientos dolidos.
El mundo la miraba con miedo,
yo, con asombro
pensando que en sus ojos
estaba la entrada al cielo. 

No había por qué extender las explicaciones 
no era necesario entrar en detalle.
Todo se resumía en sus ojos. 
Empecé a creer en ese viejo adagio 
de que si quieres desnudarle el alma a alguien
basta con mirarle a los ojos. 

Entonces descubrí el mejor de los atajos
para llegar más lejos,
para ir paso a paso, 
para amar a fuego lento. 
Se trataba de verla sin velos,
de ir directo a su cuerpo
sin parar para mirar ofertas 
de amores de hoteles de paso. 

No tardé mucho en quererle,
pero sí en intentar hacerle feliz;
ella era un ave migratoria
y yo, un árbol siempre en otoño;
pero supimos hacernos Hogar. 

En su vientre escribí la palabra 
parasiempre 
y el tiempo se echó sobre ella a vivir. 
Nos salvamos de la rutina, 
nos moríamos de amor y nos gustaba, 
nos gustaba ser antónimos.

Yo no deseaba amores baratos,
ni mujeres de precios enormes,
necesitaba un abrazo que cale hasta el alma,
sonrisas de pesos pesados. 

Ella era todo en uno.

Y yo que entiendo casi todo tarde,
lo entendí pronto:
no se trataba encontrar el camino acertado 
para ir directo a su cuerpo.
Era su cuerpo el mejor de los atajos
para ir directo al corazón del mundo.