Ojalá un día tranquilo de abril,
luego del trabajo habitual
y de cruzar el tráfico en las calles
intensas;
en una tarde de lluvia resonando
en la ventana de tu casa,
frente a la ciudad que no descansa,
con la compañía cómoda del café y el
cigarro
y continuando la lectura de un libro de
Wilde.
Ahí, mientras frunces el ceño
y concibes la satisfacción de ese día
útil.
Cuando todo marche igual de bien
y aquella tarde sea una puerta abierta
hacia le futuro.
Ojalá allí,
cuando pienses que lo tienes todo
y nada puede salir mal,
de repente
-como un susto momentáneo-
recuerdes mi ausencia
y sientas
que te hace falta algo.
