Las tardes de domingo esperaré tu llamada.
Ismael Serrano
Nos costará siempre aceptar que el adiós sea una decisión llena de consecuencias que no podamos evitar, tal vez, por la cobardía de no querer convivir con la soledad propia. No se trata de enfriar los sentimientos, ni de recordar aquellos días en que nos pasábamos cada noche hablando y riendo al disfrutar ser nosotros o de cuánto nos cuesta serlo ahora. Nunca hemos tomado tan en serio esto de caminar sin mirar atrás, tan distraídos andábamos pensando que el desamor no nos propondría un futuro dolido después de haber querido tanto. Dicen que el recuerdo es enemigo del olvido; que es mejor despertar sin que se enteren que fuiste feliz entregándolo todo en cada acto. Y al darle vueltas a todo sé que me cuesta mucho cicatrizar, y aún no lo consigo. Que es más difícil perdonarse a uno mismo; que hay que empezar a desmontar la cobardía de la pared, que cuesta entender eso de que olvidar también es una fortuna, también un paso tibio hacia el futuro.
Y luego, entender que el olvido a veces no es una opción, a
veces, es sólo la opción. Que viví pensando que dejé amores incompletos por
miedo a darlo todo, y era yo quien salía cada vez más incompleto de algunos
amores por ese miedo. Ya lo ves, cariño, los corazones no terminan de crecer
jamás, pero ambos aprendimos el valor de un adiós a fuego lento: la última
mirada debe darse siempre a ojos cerrados. Luego vino la poesía, esa extraña forma de escribir sobre el olvido y recordar encuentros fugaces entre madrugadas y
pequeños destellos de tu luz, esa forma de autodispararse sin morir completamente.
Y en todo esto al escribirte recuerdo por milésima vez, que olvidarte,
no es más que abrir aquella cicatriz que fundaste una tarde de Marzo en mi
porvenir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario