Este amor tenía más heridas que sueños,
bailaba en la boca de un cráter
y no se quemaba,
el dolor parecía anestesia.
Estaba lleno de frío
y ni siquiera era invierno.
Siempre fue así:
acostumbrado a vivir en terremotos,
escuchando no más que el derrumbe,
el fresco recuerdo de aquellas cosas
que ya no son pero duelen
como si apenas naciera la herida.
Así son ciertos romances,
se acostumbran al caos,
a la tristeza diaria de levantarse y saber
que todo se apaga lentamente
como un barco que se aleja de los faros.
Así terminan ciertas historias,
como el tiempo que se pierde
entre la despedida y el despegue,
huyendo antes, mucho antes que sea tarde.
Como esos amores que olvidan en silencio
hasta que en lugar de una herida
queda sólo una tenue cicatriz.
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