Es inevitable caminar
con una bomba entre la manos,
dejar huir nuestros cuerpos pesados,
desocupados,
perdidos
cuando apresuramos
cuando apresuramos
a despedir los besos,
para intentar ser dos cabos que nunca se ataron.
Es decir,
olvidarlo todo.
Andando al fin
sin saber cómo llegar a ello
y
sin quererlo.
No se lucha solo con la despedida,
se
golpea también con sus consecuencias;
con
el trajín de un día a día
entre nuestras ruinas;
pero
debieras mirarte,
ahí estás en medio de eso,
levantando
la vivienda,
los
semáforos y el cielo.
Ambos ya hemos comprobado
que en tu presente y en el mío
se
combate mucho más
contra el post-tratado de tregua
y
no siempre se sale ileso,
tenemos cicatrices de un ayer
que no se repite en otros cuerpos.
Pareciera mentira,
pareciera que todo se olvidase
a medida que des-avanza el recuerdo,
pero he aprendido que detrás de una historia
hay
algo que siempre vuelve,
mi
vida, y eres tú.
Para lo que no estábamos preparados
era para soltarnos las manos,
para observar el atardecer
cada quien desde su esquina.
Ya lo sabemos,
todo
cambia de lugar,
todo cambia de todo.
Fuiste
un campo de batalla
y
mi hospital privado.
Siempre
salí con las manos llenas de ti
y
sigue siendo así
cuando pienso que piensas en mí.
Vestías siempre con tu traje de vuelo
y al desnudarte eras tres veces más deseo.
Qué forma tan extraña de resumirnos:
no nos queda otra cosa que creer
aunque no queramos
que
siempre volvemos a ser uno
pero esta vez sin nosotros.
Y así, desde que no estás
mi vida es una fiesta sin invitados.
Éste
tiempo mal habido
me enseñó a confiar menos en el futuro,
me mostró que al final de cada cuento
está el sello de tu autoría,
que las espinas que duelen
no son las que se hunden
sino las que se encarnan,
que cambiar de página
no es cambiar de historia,
que
las rosas no marchitan,
sólo mudan la piel.

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